Y es que el Mediterráneo se ha convertido en la ruta migratoria más mortífera del mundo. Para muchas personas, la decisión de embarcarse no responde a la ausencia de riesgo, sino a la convicción de que no existe una alternativa mejor. En el mar, las rutas continúan cambiando. También los destinos. Bien lo sabe Eduard Thiam, vecino de Irun y miembro de la tripulación del Aita Mari.
Una vez en tierra, toca trazar los siguientes pasos y fue en 2018 cuando Irun recobró esa condición para la migración en tránsito que ya tuvo en otros momentos históricos. Es cuando las administraciones se dan cuenta que la ruta migratoria cruzando el Bidasoa coge fuerza.