Al llegar a la frontera Irun-Hendaia, muchos descubren que no las han dejado atras (las fronteras).
Eduard Thiam, vecino de Irun y tripulante del Aita Mari, recuerda sus primeros pasos en la frontera. Veía pasar a otras personas sin detenerse. A él, en cambio, casi siempre le esperaba el mismo ritual: mostrar los papeles.
Hay fronteras que no aparecen en los mapas.
Desde 2015, el refuerzo progresivo del control fronterizo fue transformando este paso entre Irun y Hendaia. Pero el 2018 es clave. Con el desplazamiento de las rutas migratorias hacia el Estado español, Irun volvió a convertirse en un punto clave del tránsito hacia Europa.
La frontera volvió a hacerse visible.
Es el regreso de una frontera dentro del espacio Schengen.
Lo que nació como una excepción ha ido ocupando poco a poco el lugar de la norma.
Algunas fronteras no empiezan en una valla ni terminan en un control.
También se escriben en acuerdos, excepciones y procedimientos. Para entender lo que ocurre en el Bidasoa, conviene detenerse un momento en uno de ellos: el Acuerdo de Málaga.
“Los estados son traficantes a su nivel”
Eñaut Aramendi, Bidasoa Etorkinekin
Las fronteras no desaparecen: cambian de forma, se desplazan y se negocian.
Mientras los Estados europeos discuten quién debe controlar, acoger o devolver, las rutas continúan moviéndose. Y esto plantea una pregunta incómoda sobre el papel que juegan las propias instituciones en ese movimiento.
Es la paradoja europea. Mientras se reclama controlar quién entra por el sur, también se levantan controles dentro del propio territorio europeo. La frontera deja entonces de estar en el límite y empieza a desplazarse hacia dentro.
Es crudo. La frontera no termina en el control y sus consecuencias continúan mucho más allá.
En las decisiones que condicionan el futuro de quienes la atraviesan.
En las redes que sostienen el camino.
Y en quienes deciden cuestionarla.