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(NORA)BIDEAN | Docuweb

EUTSI

El camino no es solo distancia.

También es tiempo, espera y desgaste. Es esperanza, miedo, incertidumbre, soledad y tantas otras emociones que acompañan el viaje.

En una frontera como la del Bidasoa, donde muchas barreras son invisibles, el acompañamiento se vuelve fundamental. Eva Aranguren, educadora de calle, lo entendió cuando, junto con SOS Racismo, impulsó la investigación Vidas cruzadas en la frontera de Irun.

Y en la sociedad de esta frontera, donde no llegan las instituciones, lo hace la militancia. Es el caso de Irungo Harrera Sarea en Hegoalde y Bidasoa Etorkinekin en Iparralde, dos redes que acompañan, orientan y sostienen a quienes atraviesan el Bidasoa.

Quien también aguanta desde que percibieron un aumento de migrantes en tránsito pasando la noche por las calles de Baiona, es Diakite que trabaja dando un sitio donde recobrar energías en la ciudad.

Rondaba el año 2018.

Detrás de cada cifra hay noches, conversaciones, descansos y gestos de cuidado. Lugares donde recuperar fuerzas antes de volver a ponerse en camino.

Porque sostener también es eso: permanecer cuando otros solo están de paso.

Y eso tiene un precio para quienes deciden no mirar hacia otro lado y desobedecer.